El
pseudónimo también ha sido otra forma de anonimato. Entendiendo que triunfar con su propio nombre
era prácticamente imposible, algunas artistas utilizaron un pseudónimo
masculino para presentar y firmar sus obras.
Concediendo el mérito a un hombre, huían de los prejuicios sobre su
capacidad y su valía. Precisamente este
ha sido uno de los argumentos que los historiadores y críticos han esgrimido durante
años, por no decir siglos, para justificar la ausencia de las mujeres en la
historia o en el mercado del arte. Sus
trabajos han sido considerados de menor calidad estética. Aquellas que ejercían el noble arte de la
pintura eran condenadas a la categoría de aprendices, aficionadas o
copistas. Y si su talento no podía
desmerecerse con estos calificativos, entonces se vinculaba a una figura masculina,
que era quien les enseñaba el oficio (a ellas y a cualquier artista masculino,
prácticamente todos se iniciaban como aprendices en el taller de otro artista,
pero esta circunstancia solo jugaba en contra en el caso de las mujeres). En base a estos criterios, ¿serías capaz de diferenciar cuál de estas obras fue
realizada por una mujer y cuál por un hombre?
Que las mujeres no han gozado del mismo reconocimiento que los hombres es evidente, pero no es válido argumentar que la sociedad del momento nunca valoró su trabajo y que ese hecho ha marcado el devenir de la historia y su propio estudio. De hecho, algunas artistas sí gozaron de prestigio y reconocimiento en su época, como sucedió con Sofonisba Anguissola. Esta pintora renacentista fue alabada por Miguel Ángel, Giorgo Vasari la incluyó en su diccionario, se hizo famosa en Italia, Van Dyck la retrató y trabajó como retratista en la Corte de Felipe II. Otras artistas reconocidas fueron Lavinia Fontana, Artemisia Gentileschi, Luisa Roldán, Camille Claudel o, ya en el siglo XX, Frida Khalo, Georgia O’Keefe, Berthe Moristot y Sonia Delaunay, entre otras. Muchas de ellas cayeron en el olvido tras su muerte.
Otro
argumento que ha servido para justificar su ausencia ha sido el que hace referencia
a su menor profundidad psicológica. La
creación de la mujer se banaliza y se considera superficial. El genio es masculino. Sin embargo, qué ocurre cuando descubrimos
que la obra de arte más influyente del siglo XX nace de la genialidad de una artista
como Elsa von Freytag. Esa obra no es
otra que La fuente, considerada la
primera obra de arte conceptual y piedra angular de la carrera artística de
Marcel Duchamp, quien a partir de ella desarrolló su idea de los readymade. Atribuida a Duchamp, esta obra se vio como
una versión moderna de Dánae y la lluvia de oro o incluso como la
representación del útero materno, pero vista desde la perspectiva de la que
realmente es su autora, la obra cambia completamente de significado y obliga a
una revisión historiográfica.
Con
frecuencia, anónimo es femenino. Detrás
de esta palabra se oculta el trabajo de una artista. Mujeres que la historia del arte ha borrado
de sus páginas y que poco a poco van recuperando su nombre. Los museos, en tanto que instituciones
culturales de referencia y legitimadoras de discursos, deben esforzarse por
borrar esos anónimos femeninos de las cartelas o rescatarlos de sus almacenes,
para otorgarles el lugar que realmente merecen en la historia. Es fundamental que desde nuestras
instituciones comprendamos la necesidad de poner en marcha políticas que
contribuyan a mejorar la representación de las artistas en las salas de
exposición, contribuyendo a su estudio y revisión historiográfica y a la formación
de un corpus bibliográfico que las saque de la sombra y termine con todos esos
anónimos.



